Lo que empieza a pasar cuando soltamos
En América Latina crecimos con la cultura del aguante. Pero guardarse todo tiene un costo. Esto es lo que pasa en el cuerpo, en la mente y en la vida cuando empezamos a soltar.
En gran parte de América Latina, de Argentina a México, hay una escena que se repite: alguien está mal, pero responde "todo bien". Crecimos con frases como "no hagas drama", "de eso no se habla", "hay gente peor", "seguí adelante". Esa mezcla de orgullo, amor, miedo al qué dirán y costumbre de aguantar hizo de los latinos personas muy resistentes… pero también muy silenciosas con lo que duele.
Lo que no se dice, no desaparece: se guarda.
La gente latina se reconoce por su calidez, su humor en la tragedia, su capacidad de "salir adelante como sea". Pero ese "como sea" muchas veces significa tragarse broncas, tristezas, miedos y culpas sin tener un lugar donde dejarlas.
La cultura del aguante y el silencio
En nuestra región, lo emocional carga con muchos mandatos:
- "Los problemas se arreglan en casa."
- "No seas débil / dramático / exagerado."
- "Hay cosas que es mejor no remover."
Ese mandato tiene un lado protector (no exponer la intimidad, cuidar a los demás), pero también un costo: cuando la regla es callar, la persona se va quedando sola con lo que siente.
Tres patrones que se repiten en comunidades latinas:
- Alto estigma hacia la depresión, la ansiedad y otros problemas emocionales ("no estoy loco", "no necesito ayuda").
- Tendencia a esconder el malestar para "no preocupar a la familia", "no cargar a nadie", "no empeorar las cosas".
- Dificultad para pedir ayuda profesional a tiempo, incluso cuando el sufrimiento ya es grande.
Afuera se ve la fuerza. Adentro, muchas veces, hay un cansancio profundo del que casi no se habla.
Qué pasa cuando lo guardamos todo adentro
Guardarse lo que uno siente no es un acto neutro. A corto plazo puede servir para sobrevivir una crisis, pero a largo plazo tiene efectos claros en el cuerpo y en la mente.
💡 Lo que dicen los estudios clínicos:
- Reprimir emociones de manera sistemática se asocia con más ansiedad, más síntomas depresivos, más tensión muscular, más problemas gastrointestinales y más dolores crónicos.
- Las emociones "no expresadas" tienden a salir por otro lado: irritabilidad constante, estallidos desproporcionados, somatizaciones, insomnio, consumo de alcohol o comida como anestesia.
- Callar por vergüenza o miedo al juicio aumenta la sensación de soledad: se está rodeado de gente, pero lo más importante no se comparte con nadie.
En contextos como los latinoamericanos —con crisis económicas, violencia, desigualdad y mucha carga de cuidado familiar— ese silenciamiento se suma a factores externos muy duros. No solo pasan cosas difíciles afuera; adentro "no hay lugar" para ordenarlas.
El cuerpo como depósito de lo no dicho
Cuando algo duele y no se nombra, el cuerpo se vuelve archivo:
Nudos en la garganta, opresión en el pecho, "huecos" en el estómago, mandíbulas que aprietan de noche.
El cuerpo se activa como si estuviera corriendo, aunque la persona esté sentada, por la constante tensión interna.
Síntomas "desconectados": dolores de cabeza, contracturas, cansancio extremo, sin hallazgos médicos claros.
Muchas veces los estudios físicos salen bien y la persona se va con un "no tenés nada grave", pero por dentro sigue sintiendo que algo está mal. Falta el paso que nuestra cultura menos enseña: mirar las emociones, no solo los órganos.
El silencio como herencia familiar y social
En familias latinas se transmiten también formas de relacionarse con lo que duele:
La represión emocional no es solo una elección individual: es una coreografía aprendida entre generaciones.
- Quienes crecieron viendo a madres y padres "haciendo todo" sin quejarse, suelen concluir que hablar de lo que uno siente es egoísmo o debilidad.
- En muchos hogares, los problemas se resolvían con trabajo, sacrificio y humor, pero casi nunca con palabras sobre tristeza, miedo o vulnerabilidad.
- En algunos contextos religiosos o culturales, el sufrimiento se interpreta como algo que se soporta en silencio, no algo que se comparte o se trabaja.
Muchas personas sienten que, si hablan, "rompen algo" en la familia o en la imagen de sí mismas.
Qué empieza a pasar cuando soltamos (un poco)
Soltar no significa contarle todo a todo el mundo. Significa empezar a darle salida a lo que estaba encerrado, de formas que se sientan posibles y seguras.
Organizar la experiencia
Poner en palabras lo que sentimos —hablando, escribiendo o incluso a través de prácticas creativas— ayuda a darle un principio y un final, en lugar de vivirla como un ruido de fondo constante.
Reducir la soledad
Hablar con alguien seguro (un amigo, un familiar, un profesional) reduce la intensidad del malestar, la culpa y la sensación de "estar solo con esto".
Válvula de alivio
Expresar emociones de forma regulada disminuye el riesgo de que se conviertan en síntomas físicos o explosiones emocionales.
Incluso pequeñas prácticas —como escribir lo que preocupa antes de dormir o escuchar un audio que pone en palabras lo que uno siente— pueden marcar una diferencia en cómo se transita el día y la noche.
La forma latina de soltar: vínculo, palabra y acción
El modo de soltar también tiene nuestro sello cultural:
Tres formas que nos funcionan
La palabra hablada
Nos viene bien la narración: contar nuestra historia a alguien que escucha.
Lo corporal
Llorar, caminar, respirar distinto, moverse. No solo pensar.
La acción pequeña
Un gesto concreto que marque que "no sigo igual que ayer": una llamada, pedir ayuda, escribir algo que nunca se dijo.
Por eso, herramientas que combinan reflexión (poner en palabras, entender qué me pasa) y acción (respirar, pausar, escribir, escuchar, hacer algo distinto) encajan muy bien con nuestra forma de ser. No es solo pensar; es vivir de otra manera, cinco minutos por vez.
Un espacio cotidiano para soltar, sin espectáculo y sin juicio
No todas las personas van a ir de entrada a terapia o a grupos de apoyo. Muchas sienten más cómodo empezar en soledad, en su propio ritmo, sin exponerse.
Ahí es donde puede tener sentido un espacio que:
- Habla en nuestro idioma, con ejemplos de la vida real latinoamericana.
- No da órdenes, sino compañía: "hablemos de estrés", "hablemos de insomnio", "hablemos de lo que nunca decís".
- Ofrece momentos guiados para soltar lo que tenés adentro, donde la regla no es hacerlo bien, sino permitir que aparezca algo de verdad.
No se trata de convertir la intimidad en espectáculo, ni de pedir que todo se ventile. Se trata de dejar de vivir con la idea de que lo que sentimos no importa o es peligroso. Soltar, acá, es una forma de respeto: hacia nuestra historia, hacia nuestro cuerpo, hacia quienes van a venir después.
En una cultura que ha aprendido a sobrevivir tragándose muchas cosas, quizás el paso que falta para que la fuerza latina se vuelva también cuidado latino es este: empezar a soltar, de a poco, y descubrir que no se rompe nada.
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